domingo 27 de diciembre de 2009

Mil y Una












Yo también podría contar mil y una historia, como lo hizo Scheherazade, sólo para mantenerme viva. Podría desesperadamente contarte el cuento de un conejo que perdió la piel por cualquier razón científica y murió de un ataque al corazón; continuaría con la anécdota de una habitación de color verde oscuro donde Calamaro cantaba sobre roperos y floreros, y yo estaba triste. Hablaría cada día de mi hermano, mi sobrino y de cómo volar porque este invierno una pequeña princesa china me enseñó todas las instrucciones para hacerlo y volamos juntas sobre montones de personas que buscaban ansiosas regalos de navidad. Contaría la historia de cuando me escondo de mi misma y me pierdo por días enteros sin saber donde estoy, que me busco hasta agotarme hasta aparecer detrás de algún mueble en medio de la oscuridad riéndome de todo.

Te contaría de ti, de mi y de todos los rostros y las miradas que se cruzaron con mi universo y la galaxia que habita en mis pupilas marrones. Te contaría del dinero, de dónde está y de cómo puedes encontrarlo. Te contaría de la muerte que está en todos lados y en todas las formas, sublimes y grotescas; en las sombras y en los rayos del sol. Te hablaría del gato que carga a un bebé en la boca y de una mujer que al parir se desgarra por dentro. Contaría historias de terror sobre la maleza que crece en los parques donde jugaste de niño y de los zapatos de colores que le robaste a un payaso.

¿Qué más contaría? Quizás de partidos de fútbol que nunca vi, excusas perfectas para alguna juerga y noches de aventura; contaría por qué ya no creo en la gente y por qué la utopía no es una medicina sino un veneno, contaría historias de las ideas que siguen siendo ideas y de los hechos que siguen siendo hechos. Narraría los episodios de aquel hombre que quedó atrapado en la telaraña del tiempo. Hablaría de la Grita y la guerra de tomates podridos; de los capricornios y la facilidad que tienen para relacionarse entre ellos. Te contaría sobre la leyenda del piloto francés que murió cuando su corazón explotó un día que se lanzó al vacío y cayó sobre una mujer, en un impacto en el que no hubo sobrevivientes. Te contaría de los dos hermanos que siempre soñaban que su perro hablaba y la historia de cómo la hijastra malvada del cuento se ganaba un premio gordo en un casino en Las Vegas.

Historias de invierno, primavera, otoño y verano; de nieve y de arena. Me vomitaría en palabras de colores hasta escupir mi sangre azul con la última vocal y el último apostrofe… mil y una historia para vivir, mil y una historia sólo para mantenerme viva.



sábado 26 de septiembre de 2009

De fantasmas


Odio sentirme como un fantasma... Odio el vacío es sentir que vago por todas las cosas posibles pero no las puedo tocar, no las puedo hacer mías... Solo parezco existir en la memoria de algunas personas, pero nada me duele, nada me hace sentir, no tengo miedo pero tampoco tengo valor...
Allá esta la realidad en el reflejo de ese espejo frente a mi y yo estoy del otro lado haciendo crecer mis uñas para poder arrancarme la piel y descubrir si aun sigo viva... Porque no vienes a arrancarme el corazón si es tuyo? Como cuando éramos niños y yo te perseguía hasta que me lo devolvieras? Quizás así palpite con mas fuerza y yo podría sentirlo... y tu podrías sentirlo anque el mar atraviese tu mirada y aunque tus ojos estén llenos de cuerpos desnudos derramandose por tus mejillas... No tengo miedo, pero tampoco tengo valor, sigo siendo un espíritu a la orden de cuatro paredes sin puertas ni ventanas, esperando que la locura se apiade de mi y de ti.

martes 28 de abril de 2009

Primeros Planos



El cabello ensortijado de Diego rebotaba de vez en cuando sobre sus ojos, mientras dibujaba sobre la mesa, tragado por aquel plano con líneas de grafito, gruesas y delgadas que parecían ser los hilos que movían su silueta encorvada apoyada sobre sus antebrazo.

Ajustaba el compás con sus dedos delgados y vestía esa franela sin mangas que apenas y le quedaba tintura de un estampado de la bandera de Inglaterra. Yo a su lado interrumpía su letargo con el ruido del pequeño sacapuntas que esparcía el olor de aquellas tajaditas de madera y aterrizaba de mi mundo fantástico como siempre con nuevos planes:

- Diego tu nunca has pensado en seguir a alguien, alguna chica que te guste?

- pues claro! Respondió sin titubeos.

- ¿en serio?, cuéntame tu experiencia.

Diego limpiaba el plano con una goma de borrar y una sonrisa infantil se resbaló en su rostro:

- Un día salí de la estación Ciudad Universitaria y vi a una chica bellísima, iba para la UCV también, caminaba tras ella y en ocasiones en paralelo para verle el rostro.

- si? que emocionante. Interrumpí.

- Así que la seguí hasta su escuela en humanidades.

Yo escuchaba atenta.

- Pensé detenerla... pero…

Sostuvo el lápiz por ambos extremos y cerraba un ojo como tratando de enfocar alguna imagen en el horizonte. - ¡ah! es complicado, así que cuando no la pude seguir más porque hubiera tenido que entrar en su clase, simplemente me fui a la mía.

Se encogió de hombros como cuando las cosas no tienen remedio.

- ¡Excelente! no todo el mundo es capaz de hacer eso Diego ¡eres mi héroe!

El rió

- ¿tu has seguido gente?

- No.

Hubo un silencio que dejaba escuchar el arado de nuestros lápices sobre el papel.

- Imagínate que hubieras entrado a la clase. Dije como quien se pregunta por el destino de un billete de lotería.

- Hubiese sido chévere. Sonrió de nuevo y agregó, hubiera aprendido algo de otra carrera… y de la chica.

- Qué interesante el mundo de los hombres. Musité mientras sacudía el polen sintético que soltaba el borrador sobre mi hoja y volvimos a los planos, un rato después su madre nos arrancó de los brazos rectos de los trazos de grafito cuando apareció por la puerta de la cocina con dos tazas de café con leche y panes tostados rellenos de mantequilla, jamón y queso.




miércoles 4 de febrero de 2009

Los cabellos de Mr James


Pocos como yo han notado el poder del cabello. No me refiero a su poder seductor en las cabelleras largas, cortas, lisas, afros o rizadas de hombres y mujeres, pues tanto en unos como en otros otorga un toque especial, no. No me refiero a ese poder hechicero del cuál gozaban las hebras de la cabellera de Medusa, ¿o quizás sí? Es algo que probablemente no hayan notado nunca…me refiero a cierto poder manipulador de estos flacuchos inteligentes.

Yo lo descubrí después de investigar el caso de Mr. Charles James, un inglés que vivía en una cabaña cercana al chalet de mis padres al pie de la montaña, donde solíamos ir de vacaciones.

Una tarde, caminaba yo por un valle hermoso donde pastaban unas vacas, la brisa era fresca y el sol calientito como el pan recién horneado y untado de mantequilla. Me senté sobre una piedra mientras mascaba el tallo verde de una ramita silvestre, cuando de pronto escuché el sonido de un avión que a lo lejos dejaba caer a un hombre. Pensé que se lanzaba en paracaídas porque la figurita que saltó parecía llevar un paquete atado a la espalda, pero nada se abrió.

El monigote descendió en caída libre y sólo vi moverse la copa de unos árboles frondosos, me levanté y bajé corriendo hasta el lugar. El sitio parecía cada vez más lejos y cuando logré visualizar al hombre tirado, ¡cuál fue mi asombro al descubrir que era Mister James!
- ¿qué pasó Mister James? Pregunté mientras retiraba unas ramas que había arrastrado en su caída.
- No abrió el paracaídas. Decía mientras levantaba sus dedos arrugados tratando de señalar su espalda.
- ¿Pero no cree que está muy viejo para hacer estas cosas?
Los ojos azules de Mister James se agrandaron, se llevó el índice al corazón para recoger de la camisa una hebra gris de su cabello, la colocó sobre su dedo y extendió su mano abierta para mostrármela, luego me dijo con voz ronca:
- Fueron ellos…
En ese momento irrumpieron unos hombres uniformados al lugar, cargados con camillas, oxigeno, medicamentos y se lo llevaron para auxiliarlo.

Yo regresé al chalet y busqué en las gavetas de mi habitación una lupa, la tomé y me fui hasta la cabaña del inglés; ya era de noche, la puerta estaba abierta y entré con cuidado, encendí las luces y gateé con mi lupa examinando hasta el último rincón, después de un par de horas descubrí que habían miles de pelos grises por toda la casa que confirmaban mis sospechas: los cabellos eran los culpables.

Tomé una cajita de fósforos que acompañaba a la pipa de Mr. James sobre la mesa, la vacié y la llené con unos diez cabellos, luego volví a casa.

En la sociedad de los cabellos, se les llama “pelos de tonto” a aquellos pelos que en lugar de manipular a los humanos, se dejan llevar por ellos, aquellos que sin queja alguna son capaces de vivir alteraciones de color, estar encerrados por horas dentro de un sombrero o bajo el sol inclemente, en general son muy amigables, solo que no son muy beneficiosos para el resto de los cabellos y por esta razón la campaña de desprestigio ha hecho creer que tener uno o varios pelos de tonto es algo malo.

Me miré al espejo y pensé que lo mejor sería encontrar a esos pelos de tonto míos, que seguramente me ayudarían a resolver el caso y con cuidado inicié la búsqueda.

Armé un pequeño batallón de pequeñas fibras cabelludas y las coloqué en la caja de fósforos junto a los cabellos de Mr. James. Una noche entera sería suficiente para que obtuvieran la versión peluda de los hechos, ¡Buena suerte! les dije al despedirme. Al día siguiente me costó una hora sacar mis cabellos de la caja, tratando de no confundir los pigmentos oscuros de mis representantes y los grises de la víctima, esta labor debía ser extremadamente meticulosa, pues cabía la posibilidad que algún infiltrado se hubiera camuflado para traerme información distorsionada.

El trabajo de los pelos de tonto fue perfecto y me trajeron toda la información para esclarecer el caso. A los cabellos de Mr. James, como la mayoría de los cabellos del mundo, les encanta lanzarse al vacío, siempre están saltando por todas partes, todos los días.

En el caso de nuestra víctima, muchos de los cabellos habían emigrado para siempre, dejándole un espacio reluciente en su tope, sin embargo, el resto no quería abandonarlo, le habían tomado mucho cariño, pero por otro lado tampoco querían desatender el llamado de lanzarse al vacío como todos los demás y renunciar a esa experiencia maravillosa que todos los cabellos viven tarde o temprano.

Fue así como empezaron las conversaciones entre el anciano y sus cabellos, primero en un tono amigable, pero al parecer Mr. James no entendía las propuestas que le estaban haciendo, finalmente lo amenazaron con dejarle, así que él no tuvo otra opción que acceder a su manipulación y lanzarse al vacío con ellos, aunque eso le costara la vida.

Ese día fui hasta la cabaña de Mr. James, aspiré todo, alfombras, muebles, superficies y todos los cabellos que lo habían abandonado quedaron atrapados en el contenedor de la aspiradora.

Ya que no podía llevar el caso a la policía, lo mejor que podía hacer por el difunto era llevarle aquello por lo que había muerto. Llevé una bolsa de papel al cementerio y vacié todos los cabellos alrededor de la tumba, el sepulturero me miró a medias urnas, “ya debe estar acostumbrado” pensé.

Desde entonces uso el cabello rapado para no arriesgarme, he visto algunos monjes que tampoco llevan cabellos, a veces me pregunto si estos sabios también conocen el secreto, no me atrevo a preguntarles, pero… todo es posible.

jueves 8 de enero de 2009

Experiencia de la oruga


¿Qué aprendimos de la vida?

Si no tuvimos vida

Si al pasado le llueven gotas de polvo

Si la historia es un lujo...

¿Qué aprendimos de la vida?

Si no tuvimos errores,

Porque el único error que tuvimos

Es una escoba en la memoria

que nos recuerda lo poco que sabemos

de nosotros mismos.

Somos células dispersas,

Protozoarios sociales

Que jugamos a la unidad

Y jugamos a la patria,

Somos un número uno, dos o tres

Un número de cédula…

Pero bonito y con petróleo.

Lo demás…

Lo demás es otro juego,

Nadie piensa en lo demás,

Jugamos a buscar culpables:

¿Quién olvidó la levadura?

Que esto no levanta.

lo olvidamos todos:

¡El petróleo no levanta!

No lleva levadura.

¿Nos engañaron o nos hicieron olvidar?

Creímos en el pozo negro de los deseos

Y bebimos su agua como quienes beben

Del becerro de oro, ahora la oruga

Quiere volar.


jueves 21 de agosto de 2008

Un día libre, mi consciencia y el perro de mi vecina

Un inesperado día libre, esos que no he planificado, simplemente no tengo que ir a trabajar y aún así me he levantado en la mañana a la misma hora de siempre, voy al baño, hoy no tengo apuro y a diferencia del resto de mis días en los que apenas me veo a los ojos, hoy me detengo frente al espejo y me miro como si estuviera ante una pared blanca.

Con parsimonia tomo una tasa de café aún sin cambiarme el pijamas y me coloco frente a la ventana que da al jardín. Algo a través del cristal llama mi atención. Es mi consciencia que se ha ido a juguetear con el perro de la vecina, un horroroso espécimen canino lleno de pelos atado de una soga al cuello; la sonrisa se me tambalea a un lado como si vertiera una mofa sobre el cuadrúpedo. Me burlo de él, lo compadezco, porque precisamente hoy no tengo soga alguna, mis corbatas están perfectamente ordenadas y resguardadas en la gaveta del closet, hoy nada me dirige a ningún lado, nadie me pasea por ningún camino. Acaricio mi cuello - ¿soy libre?- pensé de pronto y me llené de pánico, ese miedo que se debe sentir cuando se pierde el rumbo del timón, como si flotara en una atmósfera sin gravedad o peor aún, como si fuera un globo de helio que algún niño dejó ir, simplemente me siento como un perro triste y cabizbajo errante sin deberes, ni obediencia, débil, sin alimento, paseando por el limbo que divide lo salvaje y lo doméstico. Tomé un sorbo.

Ella notó que mi consciencia se había escapado y retozaba con su mascota, luego me la devolvió amablemente con una mirada y entretanto su pequeño monstruo empanizado de pelusas tiraba de la cuerda. Ella también tiene una soga que ata su mano, pensé. Pero aún le queda una mano libre y la está levantando, la agita, me saluda. Yo miro a mis espaldas antes de repetir el gesto y como si me convirtiera en su figura en un espejo, levanto mi brazo, abro mi mano y torpemente dejo caer mi consciencia

...otra vez.

©2008


martes 1 de julio de 2008

Rastas de Oro

Don Carlos, bajó desde el tercer piso de la casa rosada hasta la planta baja, introdujo la llave, le dio dos giros, cada uno dejó escapar un sonido que selló con un eco la sala silenciosa, se aislaba así del mundo exterior, del otro lado quedaban las calles inclinadas de Barrio Obrero aún vivas y palpitantes.

El Barrio Obrero de San Cristóbal, nunca duerme, durante las mañanas es fiel a su nombre, la gente trabaja, vende y compra, mas al caer el sol su movimiento cambia pero no cesa, sus calles bailan como los brazos sensuales de una doncella, que a veces convulsiona de fiebre o de sobredosis.

Don Carlos fue a la cocina y en el umbral de la puerta se topó con un par de zapatos negros, un poco gastados, perfectamente colocados uno al lado del otro a la mitad del camino. Algo en ellos le pareció ajeno, el tamaño era grande, como el pié de un hombre, les echó una vistazo y decidió salir de dudas, subió a preguntar a sus dos hijos.

Tocó la puerta del mayor de ellos quien abrió soñoliento, luchando con sus propios párpados, su padre levantó los zapatos en alto y con su voz ronca preguntó:

- ¿Pablito, estos zapatos son suyos?

A lo que Pablo dio una respuesta ininteligible, modulada con la boca bien abierta por un bostezo y negando con la cabeza.

- ¿Son de tu hermano?

Pablo hizo una mueca con la boca, se encogió de hombros y levantó las dos manos, no tenía respuestas. Su padre siguió la ruta hasta la siguiente puerta y dio tres golpes, Gerson se levantó un poco acelerado, su silueta desgarbada se asomaba en la penumbra mientras preguntaba repetidas veces qué había pasado. El padre una vez más levantó los zapatos y explicó:

- Estos zapatos estaban en la cocina, ¿Son tuyos?

- No, ni idea de quien podrían ser.

El padre miró al piso y recorrió con la mirada su siguiente destino, la habitación de su hija Flora, se acercó y posó su oído sobre la madera. No escuchó nada. Dio tres golpecitos, esperó unos segundos junto a sus hijos que resguardaban sus espaldas cuales centinelas borrachos. Intentó una vez más, aumentando la intensidad en sus nudillos. Del otro lado se escuchó la voz de Flora gritando con fastidio:

- ¿Quién?

Abrió la puerta y se encontró con el comité de investigación recién constituido, frunció el entrecejo:

- ¿Cuál es el escándalo?

El padre le explicó y continuó con el interrogatorio de rigor:

- ¿Sabes de quién son estos zapatos?

- Si no son de ellos, ni de alguno de sus amigos, no tengo la menor idea. Respondió Flora en tono irritado, mientras se incorporaba al equipo. Bajaron las escaleras y bajo la tibia luz de la cocina el padre les señaló exactamente dónde los había encontrado.

Pablo encendió la luz de la sala y repentinamente vieron algo moverse bajo las escaleras, Flora brincó de súbito y se escondió detrás de su papá.

Restregándose los ojos con unos dedos barnizados de mugre, se levantó un hombre de piel tostada por el sol. Los dos hijos dieron un paso atrás, el padre mantenía su postura maciza ante el extraño.

Con parsimonia el hombre se levantó, parecía que acabara de despertar de un sueño profundo y plácido, miraba al suelo casi sin abrir los ojos, salió a la luz del bombillo y se sentó en uno de los muebles de la sala, su cabello rozaba sus hombros, era de un rubio decolorado por los rayos del día cuyas hebras se habían enredado en mechones que parecían rastas. El hombre examinó sus pies y miró las esquinas, el padre lo interrumpió en su búsqueda.

- Esto es suyo?

El hombre levantó la quijada en señal de acierto y extendió su brazo, Don Carlos le alcanzó el par de zapatos.

Mientras abría y cerraba los ojos, se calzaba los zapatos raídos. El padre se acercó a la puerta introdujo la llave nuevamente y la giró. El extraño no medió palabra, una vez se hubo puesto el calzado se levantó como si se hubiera tomado una taza de café, con naturalidad salió por la puerta y mientras caminaba levantó agitando su mano:

- ¡Gracias!

El padre sin ningún gesto en el rostro, levantó su mano casi de manera automática, mientras con la otra cerraba nuevamente la puerta. Sus tres hijos permanecían estupefactos ante él.

Don Carlos, pensó muchas cosas, pero sus primeras palabras fueron las de un cabeza de familia, inmediatamente emitió una orden:

- Cada vez que salgan y entren a la casa cierren la puerta con llave.

Los tres jóvenes estallaron en una algarabía de réplicas acusándose entre unos y otros sobre quién había dejado la puerta abierta, alzando cada vez más la voz y levantando dedos acusadores, entretanto desde la ventana, el extraño los observaba mientras se preguntaba si el bocadillo de medianoche sería más delicioso si tomaba el camino de la derecha o el de la izquierda y así, ya recuperado gracias a la lujosa siesta miraba una vez más, cómo las noches de Barrio Obrero convulsionaban ante sus ojos algunas horas antes del amanecer.

©2008




domingo 13 de abril de 2008

Beto


big mouth small phone, originalmente cargada por mcasteel.

Si alguien me hubiera preguntado, con toda certeza hubiera respondido que de mi amigo imaginario sólo recordaba el color azul y las sílabas desordenadas de su nombre: ¿Obet?, ¿Tobe?.

Dos décadas después de la última vez que jugamos juntos, me lo encontré en una plaza en Bogotá, estaba sentado en posición de loto, recostado al pie de un árbol, vendiendo caramelos, cigarrillos y encendedores, metódicamente organizados en un envase plástico de diversos compartimientos.

- Un cigarrillo por favor – dije mirándole desde arriba, extendiendo mi mano con el dinero.

- ¡Claro!- me respondió carismático, pero sin dejar de organizar los caramelos.

Coloqué el delgado cuerpecito de nicotina entre mis labios, incliné mi cabeza, lo protegí de la brisa fría y le dí unas pinceladas de fuego con el encendedor. Imité a mi proveedor y me senté en la grama mirando a unos chicos que jugaban fútbol a lo lejos.

- ¿De dónde es ese acento? – preguntó mientras le daba el cambio a algún sediento de humo.

- De Venezuela – le respondí sonriendo, incrédula de que no supiera la respuesta. Me sentí observada así que solté una bocanada y me viré para mirarlo, para mi sorpresa, me topé con el azul, tan familiar de sus ojos.

El ajustó su mirada como si cerrara el diafragma de una cámara. Nos reconocimos. Reímos sin decir nada.

- ¿Qué haces aquí?- le pregunté.

- Estudio sociología y trabajo- dijo extendiendo sus manos sobre su envase plástico como si terminara un acto de magia. Luego hubo un silencio. Parecía un poco resentido porque lo había borrado de mi mente hace tantos años.

- ¿Estás molesto por algo?- indagué.

El sonrió y me dijo:

- No, sólo pasó y creo que fue mutuo.

- ¡Beto! – recordé su nombre y repliqué - No fue mutuo, ahora que recuerdo, tu no me visitaste más.

El se encogió de hombros por un momento:

- ¿Qué vas a hacer esta tarde?

Mi viejo amigo, se levantó y para mi sorpresa era un palmo más pequeño que yo, aunque antes me parecía más alto, se abrigaba con una chaqueta de cuero negro que contrastaba con su largo cabello rubio ensortijado y recogido con una raída liga de tela.

Lo seguí, llegamos hasta el Chorro de Quevedo, un lugar en el centro donde habían unos hombres hechos de un material sólido, los señaló:

- Es un monumento a los locos e indigentes de alguna época de esta ciudad – y agregó- si te portas bien te harán uno junto a ellos- soltó una carcajada y como en los viejos tiempos, lo golpeé en el estómago, dio un quejido y se inclinó, miró una de las callecitas y me tomó de la muñeca.

- ¡Ven! -

Caminamos por una de esas angostas calles, cuidadosamente cubiertas con alfombras de piedras, con ventanas donde a veces se asoma un perro, bien resguardadas por barrotes que expiden un olor a sudor, óxido y cerveza. Calles rodeadas de paredes gruesas y antiguas; entramos a un bar por una puerta alta de madera.

Ya en el segundo piso, mirando por la ventana a la gente pasar y tomando una cerveza, Beto arregló un porro. Noté que de la parte de atrás de su cabello salía una rasta, un pedazo de cabello tan enredado que había quedado unido en un listón.

- ¿Por qué tienes sólo una?- pregunté mientras la examinaba en mi mano.

- Tenía una pequeña amiga en el Cartucho y yo generalmente dormía en una plaza que quedaba cerca de su casa –

- ¿Qué es el Cartucho?_

- Era un lugar muy peligroso, yo dormía en una plaza y me hice amigo de algunos borrachines, drogadictos y otros especímenes que también pernoctaban allí… digamos –decía mientras terminaba su labor artesanal- que me involucré bastante. Hasta el punto que ya ni me bañaba, ni me peinaba, sumado a que además dormía en el suelo con ellos, y así nació esta pequeña- sonreía mientras sostenía su rubio grumo de pelos.

- ¿Y tu amiga?- pregunté. El suspiró.

- No sobrevivió, así que ya no regresé a ese lugar.

Las yemas de mis dedos se humedecían mientras acariciaban la etiqueta de la cerveza y mis ojos imaginaban el rostro de aquella niña en el reflejo de la botella.

- ¿Ves eso en la esquina?-interrumpió entusiasta mi meditación- es un cineclub, ¿vamos?

La señora de la taquilla del cine, quizás no alcanzaba a ver a mi amigo por su estatura, así que me preguntó nuevamente:

- ¿Dos?, porque ya va a empezar la película.

Cuando entramos, la sala estaba repleta, de modo que nos vimos obligados a sentarnos en la primera fila, bien cerca de Chaplin interpretando a El gran Dictador y aunque tuve que mantener el cuello y la cabeza hacia atrás, más en posición de astronauta que de espectadora de cine, disfrutamos mucho, tanto que podría decir que fue la película más divertida que he visto en toda mi vida.

La noche empezó a caer y el frío se hacía cruel, tomamos un café, un tinto. Hablamos de lo mucho que nos habíamos divertido, tal como en la infancia, cuando jugábamos con los creyones de cera y en algunos casos nos los comíamos.

- Mañana regreso a Venezuela-

- ¿Tienes un esfero?-

Revisé entre mis cosas, encontré un bolígrafo de tinta roja. El sacó un pequeño libro de Alvaro Mutis y escribió en la última página, grande y claro un número telefónico.

- No te vayas sin despedirte- me dijo y me abrazó.

Subí a un autobús y apretada entre la gente, me alejé mientras mi sonrisa y mi alma dejaban escapar los colores en un suspiro.

Al día siguiente, llegué a uno de esos centros de llamada, con pequeñas cabinas territorializadas por las firmas de un montón de quinceañeros. Marqué los números rojos y me contestó un hombre:

- ¿Beto?

- No, está equivocado – dijo algo hostil.

- ¿Ahí no vive o vivía Beto?- insistí.

- Ni Beto, ni Alberto, vivo yo solo y ni usted ni nadie me harán creer lo contrario- dijo audiblemente molesto- aquí no vive ningún Beto, !Beto no existe, no existe, no existe!

- Disculpe señor, no quise molestarlo.

El empezó a rezongar y colgó el teléfono. Coloqué el auricular en su sitio , lentamente mis dedos se desprendieron de él. Sonreí, guardé el libro en mi bolso y salí de la cabina.

©2008