Las palabras del pastor aquella brillante mañana de domingo, no eran nuevas para mí “porque para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia”, yo tenía ocho años y al salir de la iglesia cargando la Biblia y el himnario, todavía resonaba en mi cabeza el residuo de aquel sermón “el morir es ganancia, el morir es ganancia”.
Antes de dormir, me arrodillaba recostando mis manos unidas sobre mi cama, a veces bajo la mirada espía pero orgullosa de mi madre y en silencio le pedía a Dios que me matara, le llegué a suplicar con lágrimas en los ojos que me llevara y se lo pedía en el nombre de Jesús, porque me habían enseñado que “todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre” El lo cumpliría. Yo no quería vivir en aquel mundo sin sentido, lleno de maldad y tan solo había vivido ocho años en él.
La vida era un concepto vago en mi existencia, carecía de valor y parecía que a nadie le importaba mucho tampoco, la muerte estaba en todos lados, era la sensación, estaba en los diarios, en las películas, a la vuelta de la esquina, en la casa del vecino, en el río, en la radio, en cualquier rincón y en cualquier espacio.
La vida era aburrida, todo era muy fácil, ser una hija ejemplar, ser una buena estudiante, ser una buena esposa, lo único difícil era salir de aquí, morir. El suicidio era un acto de cobardía para mi, pero morir por accidente, era algo más que complicado.
Según las estadísticas, un promedio de 152 mil personas mueren cada día, pero yo seguía viva, innumerables personas se desplomaban a mi alrededor para caer en una tumba, pero yo seguía caminando por esas calles de fuego, de violencia, sin ley, sin que me alcanzara una sola bala, un puñal, un conductor ebrio, un adolescente armado e incomprendido.
Paradójicamente, como nada realmente me importaba, creo que me entretenía fácilmente con cualquier cosa…hombres, libros, revistas, recetas de cocina, trabajo, películas, hormigas, etc.
Coqueteé con la muerte varias veces, una noche en uno de los bares de la montaña se me acercó, bailamos toda la noche, pero no la reconocí hasta la madrugada cuando se despidió de mi con un beso helado que me robó los colores y me dejó verde hasta el amanecer.
A ella también le divertía jugar conmigo, nunca podré olvidar aquella madrugada de lluvia, yo no tenía más rumbo que el centro de mi consciencia. Una pareja en un carro se detuvo frente a mi y ofrecieron llevarme a donde quisiera, “vamos a casa de Lina” sugerí. En la siguiente esquina había otro pasajero a quien ellos recogieron de la misma manera que lo habían hecho conmigo, era la muerte vestida de hombre, con un traje negro y un sombrero, se sentó a mi lado y reconocí aquellos labios fúnebres. Seguimos nuestro camino y cortinas de lluvia se cerraron ante las ventanas, la pareja reía sin control y el pasajero a mi lado acarició mi brazo con sus dedos helados. Mentiría si digo que no tuve miedo, les pedí que se detuvieran, ellos accedieron y me miraron desde los asientos delanteros. El pasajero abrió la puerta y desde afuera dijo “tranquila” y lanzó su mirada de victoria, de eternidad, de arrogancia merecida y desde el cristal lo vi alejarse bajo la tormenta. No fue la última vez que nos vimos, pero desde luego fue una de las más cercanas.
Y la vida? A mis 27 años, por ahora solo puedo decir que la vida son 27 años vividos, la vida son años acumulados, historias, olores, lugares, amores, papeles en un teatro, encrucijadas. Así que apenas empiezo a coquetear con la vida.
Durante mucho tiempo seguí con la falsa idea de que todo estaba bajo control, hasta que un día lancé el anzuelo más allá, más allá de mi misma y de mis propias fronteras, esperando aún que algo muerda la carnada y en esa dulce espera, mientras sujeto la caña de pescar, me he empezado a enamorar de esos 27 años, me he empezado a enamorar de la vida que de vez en cuando viene a masajear mis pies y acariciar mis piernas y por primera vez no quiero morir, por lo menos no antes de que algo grande muerda.
La Muerte siempre pasa haciendo inventarios de las almas y muy probablemente contabilidad e impuestos también, ya no le suplico nada, estamos en paz, difícilmente se puede estar en guerra con ella por una razón obvia: siempre termina ganando… así que espero mi victoria y su victoria, espero y vivo, remojando mis pies en el agua y escuchando el murmullo de su paso por las veredas.
©2009






